En la piel del otro

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En la piel del otro

Te has detenido algún vez a pensar a que se debe la existencia de tantos conflictos y tensiones entre las personas? ¿Has reflexionado sobre la causa de las discusiones, enfrentamientos y enfados entre parejas, padres-hijos, amigos o compañeros?

Si lo haces, te darás cuentas que todo ello ocurre porque la gente quiere llevar siempre la razón, su razón, y no aceptan que sus interlocutores estén más cerca de la objetividad que ellos. Muy poca gente se percata de que su punto de vista se fundamenta en su experiencia, en su historia personal, y que tanto una como la otra son siempre subjetivas.

Estamos tan acostumbrados los occidentales, en especial los europeos y norte americanos, a tasar los hechos basándonos en nuestros condicionamientos, que nos creemos en posesión de la verdad absoluta, y por supuesto, afirmamos —estúpidamente— que nuestra visión es la única que puede ser objetiva. ¿Qué sabemos de la forma de pensar de otros pueblos, de otras costumbres? Incluso nos atrevemos a acercarnos a otras culturas pretendiendo comprenderlas, pero las seguimos valorando y comparando con términos de referencia exclusivamente occidentales.

Recuerdo aquellas estrofas de Campoamor que dicen: “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Cuanta verdad encierran estas veinte palabras.

Uno de los principios fundamentales en el que se sustenta gran parte de la metodología de la PNL es una aserción de Alfred Korzybski: “El mapa no es el territorio”.  Este enunciado trasladado al lenguaje popular sería como señalar: que lo que una persona cree sobre algo no es la verdad, sino la versión que él tiene de ella. O bien, que lo que cada uno de nosotros piensa de cualquier cosa, no es más que fruto de su valoración subjetiva, y que por lo tanto puede ser falso.

Si todos y cada uno de nosotros, como seres humanos que permanentemente estamos interactuando con otros, tuviésemos presente este principio, o la letrilla de Campoamor, el mundo sería bien diferente.

Pero vayamos más lejos. Cualquier individuo, hombre o mujer, actúan y responden siempre desde el contenido de su mapa, es decir, desde el conocimiento que tienen de las cosas, de las situaciones, de sus creencias, gustos y preferencias. Nadie puede actuar por encima de sus posibilidades, de su experiencia, de sus habilidades presentes. Si tu oyente no acepta un planteamiento tuyo, es probable que no sea para llevarte la contraria, sino porque no sabe más, no ha alcanzado tu sensatez. En este caso, en lugar de enfrentarte a él o ella, lo que tú deberías hacer es compadecerte, ser flexible y condescendiente.

  • ¿Cuántas veces has discutido con alguien en la pasada semana?
  • ¿Cuántas veces te has enfadado (interna o externamente) porque alguien de tu entorno no ha actuado como tú pretendías?
  • ¿Cuántas veces has censurado o criticado la actitud de tu compañero, hijo, o amigo?
  • ¿Cuántas veces te has puesto en el “pellejo” de la otra persona?
  • ¿Cuántas de todas esas veces has considerado que tal vez tú seas el desatinado?
  • ¿Qué te ha quedado de esas discusiones o enfrentamientos dialécticos?

La mayoría de la gente se escuda en el “yo soy así” para no hacer nada al respecto y seguir manteniéndose en sus trece, no dando cabida a la posibilidad de que los demás estén en lo cierto. ¿Es ese tu caso? Si lo es ten en cuenta que “nadie es así”, se comporta así, y todo comportamiento es susceptible de cambios y mejoras. Si no lo es, estás en el buen camino, pero sin bajar la guardia porque el demonio de la autocomplacencia está siempre al acecho.

Cuando una persona quiere crecer como ser humano equilibrado y en armonía con todos y todo, necesita aprender a meterse en la piel de los otros, a ver el mundo desde los ojos ajenos. Para adquirir esta capacidad comprensiva uno debe salir de sí mismo y asociarse al conocimiento del que tiene enfrente, es decir, como si te metieras en «su pellejo». Esta actitud faculta para entender lo que se percibes siendo el otro, pensando como él o ella, sintiendo como él o ella, y observándonos a nosotros mismos como lo haría cualquier persona con la que interactuáramos.

Cuantas veces en el transcurso de una discusión te has parado a preguntarte:

  • ¿Cómo me estoy comportando en este altercado?
  • ¿Cómo me estará viendo y oyendo esa persona que tengo delante?
  • ¿Qué sentido tiene esta porfía?
  • ¿Me estoy pasando de la raya en mis gesticulaciones, en las voces, en las palabras?
  • ¿Qué ocurriría si en este momento mi actitud se tornase más flexible, comprensiva, conciliadora?
  • ¿Qué me cuesta en este momento ponerme «en la piel del otro»?

Cuando se integra esta facultad, se es capaz de juzgarse a uno mismo desde el punto de vista de otra persona, distanciado del egocentrismo, y llegando a saber cómo le interpretan los demás. Esta es una posición perceptiva muy interesante para comprender correctamente las relaciones interpersonales, para darse cuenta que los otros también tienen sus “mapas”, sus razones, y que son tan buenas o tan malas como las propias, y que nosotros no somos tan listos, tan inteligentes, tan maravillosos como creemos. El enfoque especulativo de segunda posición abre las puertas de la plasticidad y de la perspicacia. La perspectiva mental desde la piel del otro cumple una doble función de vital importancia en la evolución personal, por un lado conduce a quien la practica al mundo interno de los demás, sus emociones, sus sentimientos, su manera de pensar, y por otro lado, permite darse cuenta del “sí mismo” y asumir como nos ven, valoran y nos experimentan.

No olvides que todo el mundo tiene razón, su razón, aunque nos pueda parecer más o menos armónica, ética o moral, pero todo ello es relativo y depende del conocimiento y desarrollo del individuo. Así que, si los argumentos que esgrime tu oponente te parecen estúpidos, deshonestos o injustos, no entres en su juego, compadécete de él, no tiene más luces.

“El sabio jamás refuta a un necio”.

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