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La consciencia de sí mismo

Con frecuencia, es fácil encontrar personas que se proponen hacer una cosa y luego hace otra, o aun haciéndolas no alcanzan los resultados deseados. Tales individuos se justificarán diciendo que, “no lo puedo remediar, es que soy así”, o, “el hombre propone y Dios dispone”, o que, “del dicho al hecho hay mucho trecho”, o cualquier otra sentencia que los exima de la responsabilidad, evitando corregir el descalabro y el esfuerzo de ser fiel a sus propios compromisos.

A veces la vida parece tan agitada que no nos da tiempo a pensar qué es lo que queremos realmente, por qué, o, para qué lo queremos, o cómo podemos conseguirlo. Pero para crecer, para evolucionar, para alcanzar el destino para el que ha sido concebido el ser humano, hay que detenerse a reflexionar, sin culpar al enmarañamiento del mundo, y, menos aún, caer en la trampa de la falta de tiempo u otras excusas parecidas. Esas actitudes justificadoras, la mayoría de las veces, no son más que la negligencia que hay en cada uno de nosotros.

Ciertamente que la Vida un jardín de rosas, con flores y espinas. Las cosas muchas veces no son sencillas, e incluso, en ocasiones resulta realmente complicado mantenerse fiel al propio proyecto de vida, a los ideales, a las metas. Unas veces porque surgen inconvenientes y el desánimo hace mella con su paralizante fuerza. Otras, es la narcotización a la que nos sume la sociedad consumista, otras, la mayoría, es el olvido de “sí mismo”. Sin embargo, es necesario mantener la confianza, evitar el “no sé” y el “no puedo”, porque no es verdad, casi siempre detrás de tales negaciones está las creencias limitantes que entorpecen el avance. Se puede, recuerda aquella frase de Henry Ford: “Si crees que puedes o si crees que no puedes estás en lo cierto”. La dispersión, la inconstancia, la pereza, la frivolidad, y sobre todo la dejación de las obligaciones, acaban afectando al propio individuo y a su esencia. Todo hombre es un trozo de cristal de carbono, un diamante sin pulir que hay que tallar con profesionalidad y esmero para que se transforme en una joya de valor incalculable.

Cualquier persona se impresiona al escuchar, ver, o leer sobre las vidas y obras de hombres y mujeres aparentemente comunes que fueron (y son) capaces de entregarse a ideales más allá de sus intereses personales. Vidas cuyo sentido estaba claramente marcado, y que no escatimaron esfuerzos o sacrificios para lograr sus propósitos. Nos asombra su fuerza, su entrega, su prestigio o su madurez, y nos preguntamos: ¿Cómo lo lograron? Poco necesitamos indagar para descubrir cuál ha sido la inmensa fuerza que les movió a realizar sus proezas: disciplina, constancia y paciencia. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones la gente busca una solución milagrosa a sus problemas, como si todo fuera cuestión de una varita mágica que transformase los valores y las creencias en otros acordes a su estado de ánimo momentáneo.

Al calor de esa voracidad humana por adquirir los remedios rápidos, ha surgido en los últimos años una extensa literatura dedicada a los “secretos” para alcanzar el éxito, la efectividad personal, o la evolución espiritual, de forma vertiginosa. Enseñanzas triviales que se aprovechan del incauto habido de “Aspirinas para problemas” o “vitaminas potenciadoras de recursos” que nada resuelven, aunque eso sí, hacen millonarios a sus autores. Es el esquema del: “Hágase rico mientras duerme”, “Aprenda inglés en 15 días”, “10 pasos para triunfar en los negocios”, “Fin de semana para la iluminación espiritual”. En el mejor de los casos, le proporcionarán una serie de consejos más o menos de sentido común para inyectarle una dosis de adrenalina y emocionalidad, pero las cuestiones de fondo, aquello que puede realmente transformar a la persona, lo dejan de lado; por la sencilla razón de que los propios instructores desconocen la vía real, y menos aún cómo conseguirlo.

Desde la remota antigüedad hasta nuestros días, tanto en Occidente como en Oriente, los Maestros de verdad que han instruido seriamente en la búsqueda de las claves del vivir con acierto y sabiduría, se han anunciado lo que el hombre debe de hacer para integrar profundamente en su naturaleza ciertos principios y valores que los harán completos y felices. Valores como sobriedad, honestidad, prudencia, justicia, servicio, generosidad, esfuerzo, disciplina, paciencia, humildad, sencillez, fidelidad, valor, compromiso, lealtad, sinceridad, etcétera, no son un adorno externo, sino principios fundamentales imprescindibles para cambiar internamente transformando así los comportamientos, hábitos, estrategias de pensamiento y creencias que hagan germinar un nuevo hombre.

Esto no se alcanza de un día para otro. Se trata de un proceso alquímico comparable a las labores agrícolas. De la misma manera que sería irracional dejar la tierra en barbecho, no sembrar en primavera, holgazanear durante el verano, y sin embargo, pretender en otoño recolectar una voluminosa cosecha. Por la misma razón, no se puede pretender agostar una vida fértil, útil y valiosa sin haber sembrado y cultivado previamente las cualidades y recursos necesarios.

Vivir no es sólo existir,

si no existir y crecer,

saber gozar y sufrir

y no dormir sin soñar.

Descansar, es empezar a morir.

                                               GREGORIO MARAÑÓN

La mayoría de la gente vive ignorándose, sin apenas conciencia de su existencia, como autómatas programados para ejecutar ciertas tareas. Comen, duermen, descansan, se mueven, practican el sexo, y poco más. Muy pocos se cuestionan el “por qué” o “para qué” de sus actos y de su existencia. La vida de todo hombre debería tener un sentido, una dirección, un proyecto para que merezca la pena ser vivida, para que se comprometa seriamente con su propio desarrollo como ser humano más allá de las imágenes que proyecta la publicidad o “ídolo” de turno. Pero, ese sentido y esa dirección serán imposibles de definir y marcar sin que la persona tenga conciencia de sí mismo, y para ello se precisa de la auto-observación y la reflexión.

Para que puedas empezar a “re-conocerte”, y vivir consciente de ti mismo, de tus pensamientos y hábitos, te propongo una práctica diaria que te servirá como inicio del aprendizaje de la reflexión y auto-observación.

Cada mañana, cuando te levantes hazte las siguientes preguntas después de tomar conciencia de que dispones de un día más en tu existencia:

  • ¿De qué estoy agradecido en la vida?
  • ¿A qué y a quién, le estoy agradecido?
  • ¿Cómo manifiesto el agradecimiento?
  • ¿Qué puedo hacer hoy para mostrar mi agradecimiento?
  • ¿Qué sentido tiene mi vida?
  • ¿Es ese mi máxima aspiración hoy?
  • ¿Cómo tengo que comportarme hoy para dar un paso más hacia el sentido de mi vida?
  • ¿Qué hay en mi vida por lo que me siento feliz?
  • ¿Qué podría hacer hoy para sentirme aún mejor?

Por la noche, al finalizar tu jornada o cuando te vayas a acostar, interrógate:

  • ¿Qué he dado hoy? (Dar en el amplio sentido de la palabra: un consejo, una sonrisa, una limosna, una ayuda, etc.; y siempre que lo hayas hecho sin esperar nada a cambio: gratitud, reconocimiento, favor, etc.).
  • ¿A quién?
  • ¿De qué forma lo he hecho?
  • ¿Qué acción buena o de ayuda desinteresada he realizado hoy?
  • ¿Qué he aprendido hoy? (Sobre ti, sobre tus comportamientos compulsivos, reacciones impulsivas y fuera de tono, actitudes incorrectas).
  • ¿De quién he aprendido?
  • ¿Qué más podría haber aprendido?
  • ¿De quién más podría haber aprendido?
  • ¿Quién ha sido un ejemplo para mí en el día de hoy?
  • ¿Cómo ha contribuido el día de hoy a que sea mejor persona, y cómo puedo utilizarlo como inversión para el futuro?
  • ¿Cuál ha sido hoy mi aporte a la humanidad?
  • ¿Qué resultado de los obtenidos hoy puedo mejorar mañana?

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